Uno de los mayores golpes de realidad durante mi viaje fue ver como vivimos en desigualdad, mientras unos paseaban en su yate, otros ponían en riesgo sus escasos recursos materiales para poder ganarse el alimento del día.

Hay personas que no comprenden la situación privilegiada en la que viven y en algunos casos hasta se tiene la audacia de intentar explicar esa dificultad de la humanidad con la teoría del darwinismo social: “El mundo es de los más astutos; cada quién tiene lo que se merece de acuerdo a su actitud y aptitud”.

Una de las principales causas de la desigualdad sistemática es la discriminación, puede ser basada en la raza, género, orientación sexual, discapacidad, y otros factores. A menudo, las personas que son discriminadas enfrentan barreras para el acceso a educación, empleo, y servicios públicos.

La educación es otro factor. Las personas con acceso a una educación de calidad tienen mayores oportunidades de conseguir un empleo bien remunerado y tener un estilo de vida estable. Sin embargo, en muchas áreas, las escuelas en comunidades de bajos ingresos son sub financiadas y no tienen los recursos necesarios para proporcionar una educación de calidad. Esto perpetúa el ciclo de la desigualdad educativa y económica.

La falta de representación política también contribuye, cuando ciertos grupos de personas no están representados en el gobierno, sus necesidades y preocupaciones a menudo son ignoradas. Esto puede resultar en políticas y programas gubernamentales que no aborden las necesidades de toda la comunidad.

Simplemente no es una condición natural, al menos no la que es acentuada por una estructura organizacional creada por el hombre, y está científicamente comprobado que incluso los animales tienen un sentido de justicia; saben identificar cuando existe un trato injusto, cuando hay diferente recompensa por igual trabajo.

¿De qué sirve un sistema económico si su visión de progreso significa bienestar para pocos y malestar para muchos? ¿Qué podemos hacer como individuos? ¿Se puede elegir o estamos condicionados?

  • Diego Ruzzarin