Mi estadía en Tailandia fue un completo choque de mi mundo, con lo nuevo que viví.

Vimos un partido de un deporte con reglas similares al fútbol, solo que en este había una red como en voleibol. Pero eso no fue lo inusual, lo que me extrajo de mi zona de confort es que esta cancha estaba dentro de un cementerio.

En esa caminata vi la vida de muchas formas, vi mucha vida alrededor de la muerte.

Y llegaron a mi un sin fin de pensamientos, Heidegger decía que deberíamos de pasar más tiempo en los cementerios para recordar la muerte, el final.

Ellos lo viven como otra etapa de la vida,  algo muy distinto a lo que se vive en México: que no queremos, que debemos evitar y postergar lo más posible. Pero la muerte no es algo, sino la ausencia de algo.

El valor simbólico de la muerte tiene muchas implicaciones. Incluso políticas, culturales, económicas. Si no consideramos la importancia de la muerte más allá de algo que tenemos que evitar, quedamos en una lectura banal de la prioridad de lo que es hoy, contra lo que fue.

Me parece que en un sentido histórico abandonar a nuestros muertos rápidamente es un error que minimiza el valor de los propios vivos en contraste.

¿Te has puesto a pensar cómo serás recordado? ¿Te interesa ser visitado? ¿Por quién? 

El último en salir, que apague las luces.

  • Diego Ruzzarin